Después de un día entero de excursiones, de calor vespertino y frío una vez Lorenzo ya retirado, a Selene nos había dejado, cenamos en uno de los restaurantes de la calle Larga de Cuenca, en la parte alta de la ciudad, punto donde contemplar una maravillosa panorámica del casco antiguo de la ciudad.
Esta vez fuimos cuatro para cenar y pedimos raciones individuales y una ensaladilla rusa para el centro. He de confesar que hicimos una especie de «truquillo», ya que la ensaladilla formaba parte del menú de doce euros pero decidimos ponerla al medio para compartirla.

Yo me pedí bacalao con verduritas y para cortarlo no hacía falta cuchillo, se deshacía de lo tierno que estaba… Mis acompañantes pidieron sepia a la plancha, huevos estrellados con jamón y lomo de orza. Los platos de pescado iban acompañados de una pequeña ensalada aliñada con vinagre balsámico y los de carne se completaban con patatas fritas.
Era una noche de sábado y el local estaba completo, todas las mesas ocupadas y los dos camareros, a pesar de casi no dar a basto, cumplían con sus obligaciones y atendían a todos los comensales a tiempo. Hay que admitir que fue un servicio de lo más competente y que cada vez que veían que nos faltaba algo (bebidas, pan…), nos preguntaban en seguida por si necesitábamos más.

De postre pedimos dos tartas de chocolate, una de queso y unas natillas. Todos de elaboración casera… Y se notaba… Una única pega, que la galleta hojaldrada (tipo María) de las natillas estaba petrificada y había perdido casi todo su sabor. La gracia perdido era ahora propia de las tartitas, donde los reposteros habían conseguido una excelente cremosidad.

Los precios son accesibles para todos los bolsillos. Se pueden encontrar desde menús del día, aplicables también a la noche por doce euros donde entran dos platos, bebida, pan y postre, hasta menús degustación que oscilan entre los 18 y 25 euros.
Ubicación: Calle Larga, 5, Cuenca